Mi trayectoria artística, mis inicios en la Escuela Superior de Música y Danza de Monterrey (ESMD).
"¡Ahora que cante yo!" exclamaba ya a los cuatro años,
Invitada y apoyada por mis padres, inicié de pequeña en1979 en la ESMD en el área de música, estudiando piano y cantando en el coro, dirigido entonces por el maestro Patricio Gómez Junco. Desde temprana edad decidí que el arte era lo mío. Cantar era mi pasión y divertimento. Primaria y secundaria, también canté en el coro del colegio por 9 años, donde además encabezaba las partes solistas y mis compañeras se reían porque alcanzaba las notas más agudas.
En casa improvisábamos noches bohemias con mi mamá, la mismísima y bella acrtiz Mirna Kora Leos al piano, mientras Rogelio (ahora un gran músico), Leonardo y yo cantábamos al ritmo de las bromas de mi papá, el gran personaje teatral don Virgilio Leos. Mis veranos pasaban entre bicicletas, patines, natación, parques, y clases de todo tipo de arte, desde ballet, hasta marionetas. Pasaron por mis manos, además del piano: guitarra, acordeón y flauta.
Siendo una chica deportiva, en casa leía cuentos imaginando escenarios, escuchaba música de la inmensa colección de mis padres y preparaba y bailaba mis propias coreografías. Convertía a mis muñecas en maestras, acróbatas y gimnastas.
Por las tardes de infancia, seguido acompañaba a mi padre a la Escuela de Artes Escénicas de donde fue catedrático y gran pilar hasta hace poco. Ahí, me la pasaba recorriendo aulas y observando clases de danza clásica con la maestra Maru Fuentes, de contemporáneo con el maestro René Gerardo García, y de teatro con el maestro Sergio García y con mi papá, por supuesto, entre otros.
Siempre seguí cantando, pero finalmente mi niñez pasó a otra etapa y desistí del programa de música de la ESMD, para regresar a ella en 1986, ya adolescente, pero a danza contemporánea. Pero ¿cómo sucedió esto? Como muchos jóvenes de aquella época, me inspiraba la serie televisiva FAMA y deseaba fusionar la danza y el canto, sin saber exactamente lo que me esperaba. Fue así que encontré un curso de danza en la ESMD, impartido por la reconocida y casi tutora mía, Valentina Castro. Con tan solo 4 meses de duración, este curso dio un giro revolucionario: me enamoré instantáneamente de la danza y este poder contundente llegó a opacar un poco a mis aspiraciones como cantante, sin lograr dejar la música de lado, pues durante varios años la llevé a la par.
Dicho primer encuentro cuerpo a cuerpo con la danza contemporánea se trataba de un curso propedéutico que nos prepararía para ingresar como alumnos de la carrera de Ejecutante de danza contemporánea de la ESMD. El día de las audiciones, recuerdo que estaban entre los evaluadores, los maestros Hester Martínez, mi ahora amiga y compañera, y el desaparecido Víctor García, personaje capital en mi vida dancística. Pero chale! no pasé la prueba de fuego. No me aceptaron como alumna. ¿Razón? Estaba yo muy "cucha" (entiéndase juzgada no apta físicamente para cumplir con las exigencias de una escuela profesional de danza). Sin embargo para entonces ya era demasiado tarde: mi pasión por la danza ya me había poseído entrando en mi corazón e incluso en mi cabeza. Valentina Castro y sus rítmico-mágicas clases, la adrenalina de la adolescencia, las vísceras que descubren lo que es sentir la expresión del cuerpo y el genuino ambiente de la escuela eran algunos de los culpables.
Sentir la "derrota" momentánea por mi intento fallido para ingresar como alumna de la carrera de danza, no fue más que el detonador de esta adolescente para decidir que haría de la danza mi cómplice permanente. Por lo cual decidí seguir mi formación por mi lado y me puse como reto construir un cuerpo hábil para danzar. La esencia la tenía conmigo, la llevaba en la sangre. Finalmente hija de tigre, pintita.
Fue así como llegó a mí una nueva opción: un curso de verano de la técnica Francis y de coreografía con el entrañable maestro Fernando Castillo quien en 1986 decía pasar por Monterrey (aunque en realidad llego para quedarse hasta el último momento de su vida, cuando en 1993 nos dejó, al igual que Víctor, quien nos dejó tres años más tarde).
Durante los tres meses de verano que duró ese curso, tuve mi primer encuentro con el público ante quienes bailé sin temor en el escenario al aire libre del Teatro de la Ciudad, mi primera coreografía, principiante, pero feliz. Con Fernando Castillo aprendí de a golpe y porrazo. Aprendí sobre la resistencia, confirmé el coraje y la tenacidad. Aprendí que si te caes una vez, un grupo puede bailar sobre tí antes de ayudarte a levantarte, si tu no lo haces por tí mismo, pues el sudor y la entrega del entrenamiento puro, pueden opacar todo sentimentalismo. Con Fernando aprendí la verdadera caída-recuperación, en el sentido literal y figurado de la palabra.
Ahí, en ese verano del 86 compartí mis primeras experiencias escénicas con Mizraím Araujo, Rosy Robledo y Miguel Banda, entre otros de los aún activos miembros de la danza, y me crucé con personajes como Lola Bernal y Eréndira Vega, destacadas artistas y entonces maestras de la Escuela de Artes Escénicas, la "competencia" más amigable de la época, que, según mi punto de vista, pocas veces se ha repetido en el mundo académico dancístico.
Acto seguido y en el mismo año del 86, Xôtchil, alumna y bailarina de folklore de la ESMD, me presentó con Víctor García quien poniendo un ojo atinado en mí, me invitó a venir a entrenarme con su grupo Origen, que ensayaba por las noches en los salones de la ESMD. Fue con Origen que pronto me lancé a los escenarios y con quienes, más tarde, dí mis primeras giras e hice entrañables amistades. A tan solo unos meses de haber comenzado a entrenarme con Origen, Valentina Castro y Fernando Castillo, maestros de la ESMD, viendo mis progresos de manera independiente y cualidades escénicas que deseaban cultivar, me invitaron a unirme directamente al 2o año de la carrera de Danza Contemporánea. No fue sino a partir de entonces que mi anhelo de ser oficialmente una estudiante con aspiraciones a una titulación como Ejecutante de Danza Contemporánea, se verían realizadas.
Sin embargo, como el oficio de la danza no es siempre rosa y considerando que yo seguía luchando para traspasar, a falta de virtuosismo, mis limitaciones físicas, en 1989 me lastimé la espalda. Después de exigirle a mi cuerpo más de lo que mi propio ritmo le hubiera sabiamente dado, comencé a desarrollar una serie de debilidades a nivel de las lumbares y con ellas lesiones que compensaban la anterior. Fue por ello que de 1990 a 1991, aún en la escuela y ya bailando en la compañía de Valentina Castro Danza-Teatro Mexicano, me vi en la necesidad de suspender mi entrenamiento durante todo un ciclo escolar. Cosa que me hizo sufrir mucho. Y no sé decir si más psicológica que físicamente: tenía que asistir a las clases de técnica aunque no pudiera hacerlas, me quedaba a ver ensayos y a presenciar suplentes aprendiendo mis partes, veía cómo mis compañeras preparaban sus coreografías y su graduación. Y cuando la frustración era tal, intentaba retomar mis actividades como bailarina y mis lesiones empeoraban o tardaban más tiempo en restablecerse. Vaya suerte que maestras con conocimientos somáticos como Eréndira y Valentina me aconsejaron cómo actuar, pues durante todo un año asistí regularmente a terapias y rehabilitaciones físicas. ¡No veía el día en que todo volvería a la normalidad!
Durante ese año (1991) la música y el canto se hicieron afortunadamente más presentes. Pero hubo entonces un gran descubrimiento: ¡mi lado coreográfico! Mis lesiones me permitieron así enfocarme a crear y a desarrollar eso que desde niña, en el estudio de mi casa, más tarde en la cochera con mis amigas y después gracias a las clases de Hester y de Fernando, hacía con placer: coreografiar.
¡Por supuesto! Uno de mis primeros hits sucedieron gracias a la fusión de la música y la danza cuando creé la “Lacrimosa”, con la música del Réquiem de Mozart que conocía de memoria después de haberlo cantado en varios coros (Coros Monterey, Mozart, Artes y Aria), giras y conciertos. Para ello, no veía a nadie más en mis personajes principales que a Fernando Castillo, mi maestro, y a Valentina Castro mi maestra y directora de la compañía, quienes con respeto y humildad aceptaron ser mis bailarines. Para mí: un gran honor.
Con ese reto rompí algunos parámetros académicos y la coreografía ventilaba todo tipo de comentarios tanto en la ESMD, como en el ámbito profesional de la danza. La “Lacrimosa”, que hablaba de uno de los hechos que más me marcaron en aquella época, la Guerra de Irak, fue incluso reconocida por público y periodistas en festivales como el Festival Nacional José Limón, el Festival Internacional de Danza de San Luis Potosí, el Movimiento Confederado de Danza y el Encuentro Metropolitano de Danza Contemporánea.
Habiendo regresado sana y salva a mi entrenamiento y a los escenarios y dividiéndome entre la ESMD y las compañías, entre los roles y responsabilidades de alumna y de profesional de la danza, tuve que ver pasar a mis compañeras de generación obtener su titulación, sin mí.
Sin embargo, en1993, Ruby Gamez, quien también se encontraba entonces entre mi repertorio de maestros en la ESMD, me invitó a formar el grupo Teoría de Gravedad, compañía de la cual fui miembro fundador, bajo su dirección. ¡Cómo negar la invitación a una primicia tal, viniendo de tan calificado coreógrafo y amigo!
1994. Ocho años habían pasado ya desde que aquella jovencita testaruda había decidido ser bailarina y graduarse de la ESMD. Así que, finalmente, habiendo esperado dos años para reintegrarme a una nueva generación de alumnos, tuvo lugar mi tan esperada graduación, junto a Karla Morena (mi primita) y Aurora Buensuceso, mi compañera y gran amiga, para así obtener mi título de Ejecutante de Danza Contemporánea de la Escuela Superior de Música y Danza de Monterrey del Instituto Nacional de Bellas Artes… uufff !!!!
Seguía entonces con Teoría de Gravedad con quienes adquirí algunas de mis mayores experiencias y creé mis mejores lazos, cuando en 1996, dos años después de haber egresado de la ESMD, fui llamada por esta alma mater, para dar clases de técnicas alternativas, ya que había tenido la oportunidad de viajar y prepararme en Nueva York, en México y Carolina del Norte en varias ocasiones, además de haber comenzado a crear y ofrecer mis propios talleres y proyectos creativos para personas con y sin discapacidad, mismos que fueron apoyados 5 veces consecutivas por el Consejo para la Cultura de Nuevo León.
Con una gran responsabilidad sobre mis hombros, me di cuenta que la labor de la docencia despertaba otra pasión en mí, pero ese instinto de fortaleza y de supervivencia que me dio la danza, hizo brotar también la inquietud por la investigación, con el fin de descubrir el funcionamiento del cuerpo en situaciones adyacentes. Me había costado tanto trabajo llegar hasta donde estaba, que el estar ahora del otro lado, trabajando con alumnos con expectativas como las que yo había tenido y por otra parte encontrando comunidades discapacitadas, me ayudaron a constatar que la danza se puede ofrecer y vivir como algo mucho más sublime que tener un cuerpo virtuoso, girar y levantar las piernas. Y había que buscar esas otras herramientas.
De 1996 a 1998, me concentré paralelamente a mi trabajo de bailarina y coreógrafa, al perfeccionamiento de mi formación docente y como acreedora a becas fui invitada por diferentes compañías de Estados Unidos para bailar, coreografiar y enseñar. Logré intercambios nacionales e internacionales con artistas que coincidían conmigo en la misma ideología y línea de trabajo.
Como resultado formé mi propio grupo de danza de jóvenes no profesionales, algunos de los cuales presentaban algún tipo de discapacidad. Cuerpo en Voz, proyecto inicial que después, en 1999 se conocería bajo el nombre de Ánimas del cuerpo.
Y mientras seguía siendo maestra de la ESMD, miembro de Teoría de Gravedad, cantando en coros profesionales y después de haber fundado en el 2000 la asociación “Depiesacabeza”, artistas facilitadores de proyectos multidisciplinarios para personas con y sin discapacidad, emprendí de nuevo el camino académico y me titulé de una Licenciatura en Pedagogía, motivada por el objetivo de obtener posteriormente una maestría en danza, que avalaría mis preceptos de la enseñanza de la danza en medios no profesionales y con personas con discapacidad, razón por la cual dejé todo temporalmente y emigré, gracias a una beca de estudios, a Montreal en 2003, donde ingresé a la Maestría en Danza en la Universidad de Quebec en Montreal.
Después de cerca de tres décadas en el mundo de la música, de más de dos décadas de haber experimentado la danza contemporánea por primera vez, después de 15 años de haber egresado de la ESMD, de 3 compañías regiomontanas de danza y otras tantas extranjeras, de 12 años de docencia de los cuales 11 dedicados a comunidades desfavorecidas, después de casi 10 años compartidos con Teoría de Gravedad, de 6 años viviendo en el extranjero, ahora, aquí en Montreal, me dedico a lo mismo: a bailar, a coreografiar, a enseñar, a crear y ofrecer proyectos a personas con discapacidad y marginadas. Recientemente trabajo también como coordinadora de proyectos y tallerista en un centro comunitario para mujeres en situación de vulnerabilidad. Sigo cantando cuando puedo.
Desde este país de blancos y largos inviernos, de arte y festivales por doquier, intento mantener y reforzar los vínculos artísticos y profesionales con los que crecí y me formé en Monterrey.
Hoy, hay un nuevo proyecto al cual dedico gran parte de mi existencia: ser mamá de Louka Amadeo.
La danza y la maternidad: difíciles de conciliar, pero mis dos proyectos de vida, mis dos grandes aliados.
Mis padres, mis maestros, mis experiencias, mi alma mater: personajes y elementos indispensables de mi razón de ser en este mundo del arte.
Hoy, cuando regreso a Monterrey y recorro los suelos de mi escuela querida, cuando veo a mis colegas trabajando siempre tan apasionados en la labor de la danza, cuando veo nuevas generaciones de alumnos crecer, cuando veo la evolución y los asentamientos, no puedo negar sentir el lazo, la pertenencia; no puedo dejar de oler la raíz, percibir la historia, dejar huella. Y me voy satisfecha de haber consagrado parte de mi vida a esa institución, de haber sido tierra árida, tierra fértil, semilla, flor, árbol, fruto.
La ESMD: Valentina Castro, Fernando Castillo (+), Víctor García (+), Hester Martínez, Eréndira Vega, Ruby Gámez, quienes hicieron de esta piedra en bruto, una joya apasionada que espera brillar siempre.

va un fuerte abrazo, Lalito, mereces todos mis respetos por tan chingona labor, ya estoy terminando de prepararte algo muy interesante... un abrazo con mucho cariño... lola bernal
ResponderEliminarExcelente espacio, ya estoy preparando algo tambien.
ResponderEliminarFelicidades Lalo por tan noble labor, saludos
ResponderEliminarMe encantó la redacción ... Felicidades ... la Danza Siempre Es y Será Vida ...
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